La equitación es sin duda un deporte de riesgo: implica subirse a lomos de un animal de 500 kg o más, increíblemente rápido y de reacciones imprevisibles, que tiene la huida como primer instinto. Si bien (casi) nadie se atreve a negar este hecho, no son muchos los que se atreven a admitir que alguna vez sienten o han sentido miedo sobre la montura.
Parece que el mejor jinete es aquel que nunca tiene miedo, el que nunca se achica, el que nunca se baja del caballo. Sin embargo, la realidad es que las personas nacemos con varios miedos innatos y el miedo a caer es uno de ellos, así que ¿por qué negar el miedo a caer de un caballo? ¿Por qué no se ha normalizado este sentimiento tan humano en el mundo ecuestre?
Por qué aparece el miedo
A muchas personas les da miedo la sola idea de subirse a un caballo, lo reconocen y fin de la historia. Esas personas probablemente nunca se sentarán en una montura.
Luego está el miedo que sienten algunos jinetes en ciernes cuando empiezan a galopar o a saltar sus primeras cruzaditas. Aquí hablamos de un miedo racional a lo desconocido —esa sensación de velocidad, de flotar con el caballo— que se supera con la práctica.
Y luego está el miedo que aparece de un día para otro, por una mala experiencia o incluso porque sí, de forma inexplicable. Llevamos años montando y, de pronto, nos bloqueamos ante un salto a una altura que teníamos dominada, no nos atrevemos a galopar con nuestro caballo por el campo o incluso empezamos a temblar ante un simple trote.
¿De dónde nace ese miedo? Volvemos aquí a ese miedo primitivo a caer, que ya teníamos bajo control y resurge con fuerza tras una mala caída o una experiencia en la que hemos visto nuestra vida pasar a toda velocidad.

Sí, sabemos que caerse forma parte de la ecuación en este deporte y lo aceptamos con normalidad, hasta que un día nos hacemos daño, nuestro compañero se desboca y nos vemos en una situación comprometida o el caballo tropieza y nos vamos al suelo con él. Incluso puede que repentinamente nos sintamos más vulnerables por un motivo ajeno a este deporte y veamos riesgos donde antes veíamos diversión.
Así, de un día para otro, sacamos al caballo de ese salto que superamos con éxito más de cien veces porque ahora el cerebro nos grita «¡cuidado, que te vas a matar!» o dejamos de salir al campo, no vaya a ser que nos crucemos otra vez con esa moto que hizo a nuestro caballo dar un giro de 180º e irse de caña. De repente, un miedo irracional nos paraliza. El cerebro entra en modo de máxima alerta para proteger nuestra integridad física ante la posibilidad de que se repita el desafortunado accidente.
Cómo afecta al caballo
Los equinos escuchan los latidos de nuestro corazón, sienten la tensión en nuestros músculos y perciben el miedo en nuestra voz, incluso en nuestra expresión. Y reaccionan en consecuencia.
Nuestro miedo activará sus alarmas y empezarán a buscar ese peligro que atenaza a su jinete. Si se asustan y nosotros nos asustamos también, su miedo escalará. En ambos casos, se tensarán, correrán más, recularán o harán un quiebro brusco e inesperado.
Cómo se afronta el miedo
Tener miedo es normal, pero es importante saber gestionarlo cuando vamos a caballo. No hay una receta mágica para afrontarlo y superarlo, aunque el primer paso es siempre ponerle nombre a esa emoción. Después vienen el trabajo mental, la constancia y la determinación.
Si eres de los que tienen claro que esa mala experiencia no es representativa de tu trayectoria como jinete, con un entrenamiento progresivo te resultará relativamente fácil volver al punto de partida. Quizás tengas miedo al principio, pero sabes mantenerlo bajo control y decirle a tu mente que deje de interferir con pensamientos negativos.

También puede que tengas eso claro, y aun así tu cabeza no te lo ponga fácil. En ese caso, tendrás que ir superando fases: trabajo pie a tierra, un poco de paso, algo de trote, luego un pequeño galope, quizás una barra en el suelo, un obstáculo más alto, un paseo corto por el campo… Y así hasta recuperar la confianza que tenías.
Un buen entrenador o compañero de aventuras ecuestres, que empatice contigo y sepa acompañarte en el proceso, será una valiosa herramienta para volver a confiar en tus capacidades y en tu compañero equino.
