El mundo de la equitación deportiva gira en torno al caballo. El foco casi siempre está en el equino y su conformación física, su sangre, sus movimientos e incluso su buena o mala cabeza. Mientras, el entrenador del binomio está en la sombra, en un papel secundario.

Pero ¿qué marca realmente la diferencia? ¿Tener un caballo excepcional o contar con un gran entrenador? Puede que un buen caballo nos haga la vida más fácil sobre la montura y nos ayude a alcanzar nuestros objetivos como amateurs, aunque no deberíamos subestimar el valor de un buen entrenador.

La realidad es que un mal entrenador puede arruinar el mejor caballo si emplea métodos poco adecuados y un buen entrenador puede convertir un caballo normalito en un magnífico compañero.

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El daño invisible de un mal entrenador

No siempre es sencillo reconocer un mal entrenador, sobre todo para las personas que se están iniciando en este deporte. El mal entrenador no es el que grita o resulta antipático, sino el que busca atajos y no respeta los tiempos del binomio. Un mal entrenador prioriza los resultados rápidos sobre el aprendizaje, obvia las tensiones que se generan en el jinete y el caballo al exigirles más de lo que pueden ofrecer y justifica las resistencias del equino como problemas de conducta. Todo esto termina por crear inseguridades en el caballo y en el alumno.

Con el tiempo, incluso un caballo con grandes aptitudes o extremadamente voluntarioso puede desarrollar defensas, estrés, falta de confianza o problemas físicos derivados de un trabajo incorrecto. Y lo más preocupante es que muchas veces estos problemas se atribuyen al caballo, no al entrenamiento al que se le sometió. Es mucho más fácil achacar los problemas a que el caballo es complicado, tiene mal carácter o no sirve para saltar que aceptar que quizás el problema está en cómo se le ha enseñado.

Así, muchos aficionados creen que sus problemas se resolverían si tuvieran un caballo de más calidad. Sin embargo, la mayoría de los amateurs necesitan un caballo equilibrado, seguro y capaz de adaptarse a su nivel. Y eso no suele ser un regalo de la genética, sino el resultado de un entrenamiento adecuado.

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Cuando un caballo normal se convierte en un gran caballo

Muchos caballos no destacan especialmente cuando llegan a una cuadra, no tienen movimientos espectaculares ni una carta impresionante. Pero, con constancia y un buen entrenamiento son caballos seguros, que trabajan bien y permiten disfrutar en cualquier disciplina.

¿Ha cambiado el caballo? Claro. El caballo ha mejorado y subido varios escalones en su doma porque un entrenador entendió sus limitaciones y también sus virtudes, no intentó convertirlo en algo que no era, sino que construyó sobre sus fortalezas y le enseñó a usar su cuerpo correctamente, para soportar el peso del jinete y prevenir lesiones por compensación.

Si todo dependiera de comprar caballos extraordinarios, este deporte estaría reservado para unos cuantos privilegiados. Pero cuando entendemos que la calidad de la formación es uno de los factores decisivos, las posibilidades cambian. Un buen entrenador puede ayudarte a progresar con un caballo corriente y a evitar errores que te costará años corregir. Incluso puede conseguir que disfrutes mucho más del proceso.

Los grandes entrenadores no entrenan caballos: forman binomios

Un gran caballo mal gestionado termina desaprovechándose, mientras que un gran entrenador es capaz de sacar lo mejor de cada binomio.

El trabajo del entrenador no consiste solo en mejorar al caballo, sino en mejorar la comunicación del binomio. Por eso, los buenos entrenadores observan mucho más que la posición de una mano o la trayectoria de un salto. Analizan cómo piensa el jinete, qué siente el caballo y qué ocurre entre ambos. Enseñan al jinete a entender al equino y a hacerse entender.

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