El caballo tiene un gran poder catalizador. Su atractivo va mucho más allá de su majestuosidad y belleza: su sola presencia transmite calma, paz, vitalidad, fuerza.
Cada sesión de trabajo con un caballo es una oportunidad para que las dos partes del binomio mejoren algún aspecto del conjunto: su físico, su doma, su técnica de equitación, un ejercicio, el equilibrio… Pero ¿y si también fuese una oportunidad única para conocernos a nosotros mismos y trabajar en valores que, sin duda, nos harán mejores personas?

Ante la obvia inexistencia de un lenguaje común, los humanos tenemos que aprender los códigos equinos para establecer con este bello animal una vía de comunicación efectiva. Además, como los caballos son seres extremadamente sensibles, capaces de leer nuestras intenciones, nuestras emociones y nuestro cuerpo, es difícil (o imposible) engañarlos.
Así, no solo debemos aprender a comunicarnos mediante nuestro lenguaje corporal y sonidos, sino que debemos hacerlo de forma sincera y focalizada para ganarnos su confianza, su compresión y su buena voluntad. Una comunicación con dobleces, cargada de energía negativa o tensiones, solo llevará a que nos interpreten incorrectamente, nos rehúyan o se muestren poco colaborativos.
La interacción con caballos saca a la luz nuestro verdadero yo y nos obliga a revisar ciertas actitudes personales, y eso es precisamente lo que los convierte en maestros de vida. El caballo nos invita a crecer como personas para ser mejores jinetes y, sobre todo, para contribuir a su bienestar integral.
Qué valores nos enseñan los caballos
Quizás el valor más importante en el mundo ecuestre es el respeto. El caballo no es un instrumento deportivo, sino un compañero al que debemos respetar si queremos su colaboración y una relación sana, beneficiosa y agradable para todos. Por supuesto, el respeto nace del conocimiento y la comprensión de su lenguaje corporal, sus tiempos, sus necesidades y sus comportamientos. De esta manera, desarrollamos la empatía, la inteligencia emocional y una comunicación más consciente, sin imposiciones.

En este sentido, el aprendizaje nunca termina en el mundo ecuestre. El caballo siempre tiene algo que enseñarnos. Debemos ser receptivos a sus señales y tener la mente abierta para saber interpretarlas correctamente, por lo que la humildad es una cualidad imprescindible para ser un caballista sensible, atento y respetuoso. Solo una persona humilde es capaz de reconocer sus carencias o errores y pedir ayuda para hacerlo mejor.
Otro valor fundamental, y que tiene especial calado entre el público infantil, es la responsabilidad. Los más pequeños no solo aprenden la importancia de rutinas como el cepillado, la limpieza de cascos o el cuidado del material, si no que se vuelven cuidadores autónomos de un animal y salvaguardas de su seguridad, lo cual fomenta su madurez y compromiso.
La paciencia es posiblemente unos de los valores que más retos plantean. En la vorágine del día a día digital, es habitual que vayamos con prisas y lo queramos todo rápido, para ya. Sin embargo, esto con el caballo no funciona y solo lleva a frustraciones para los dos miembros del binomio. El caballo no tiene prisa por aprender un ejercicio ni por saber quedarse quieto en la ducha, pero sí tiene la capacidad y la voluntad de entenderse con nosotros si le explicamos las cosas despacio, con calma, dándole tiempo para procesar nuestra interacción y responder a ella.
Y aquí entran tres valores a menudo pasados por alto, pero que tienen un valor incalculable, valga la redundancia: la coherencia, la constancia y la disciplina.

La evolución en equitación no es inmediata. Requiere práctica, perseverancia y mucha constancia. Los jinetes más pequeños aprenden que el progreso llega con el esfuerzo sostenido, a base de constancia y disciplina. Los adultos, por su parte, redescubren el valor de la coherencia para alcanzar sus objetivos y establecer una relación de confianza con su caballo. Un buen jinete es aquel que escucha, que está presente, que no fuerza procesos y que pone el bienestar del caballo por encima del resultado.
La equipo de Kelpies Galicia tiene claro que el bienestar animal no es una tendencia: es una consecuencia directa de los valores que llevamos a su entorno y a nuestra relación. Si le dejamos y nos abrimos a otras formas de entender la vida, el caballo nos hace mejores personas.
